10 abr. 2009

¡¡POR FIN: RELATO GANADOR ROSAS OSCURAS!!

¡Ya circula por ahí mi relato ganador del I Premio Literatura Juvenil Romántica Rosas Oscuras!

Hace algunos días las chicas de JR por fin publicaron el relato ganador de Rosas Oscuras. Y si ya me emocionó muchísimo verlo en su página, a los días volví a flotar de felicidad, ya que por fin Montena actualizó la web dedicada a Medianoche+Adicción y también colgó el relato.

AVISO: Recordad que se trata de un 2º capítulo alternativo de la novela MEDIANOCHE, de Claudia Gray. De manera que ¡¡es indispensable haber leído el primer capítulo!!
¡Besos, letrer@s, y disfrutad de mi imaginación!

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PREMIO ROSAS OSCURAS

Me quedé descolocada. Lucas se había esfumado. ¡PUF! Había aparecido misteriosamente y se había evaporado de igual forma.
Yo creía intuir por qué mis padres me habían llevado a Medianoche, pero, ¿y él? ¿Quién era Lucas Ross?
De momento, prefería no pensar demasiado en ello y aprovechar mi buena suerte: ni siquiera había comenzado el curso y ya había hecho un amigo allí, lo que constituía un avance inusual en mi largo historial de timidez. Así que decidí ocuparme de Lucas más tarde y regresar como una cobarde a mi habitación.
Cobarde, pero no tonta. No quería ni pensar en el castigo que me ganaría si mis padres descubrían mi intento de fuga. Sobre todo, porque lo peor que podría pasarme no era quedar como una niña idiota. El Círculo de Oscuridad que rodeaba la academia no era algo que tomarse a la ligera. Durante los últimos días, mil veces me habían hecho repetir mis padres la cantinela de: “no cruzaré los límites de Medianoche y me mantendré alejada del bosque”.
De vez en cuando soy dura de oído. Sin embargo, cuando a una le dejan tan pocas opciones, de alguna manera tiene que apañárselas para llamar la atención, ¿no? Yo había pensado en perderme unas horas y dejar que me buscaran. Simplemente. Para nada tan dramático como auto-secuestrarme, como últimamente parecía estar tan de moda en el resto de la evolucionada Norteamérica.
– En marcha, Bianca, mañana será otro día –me dije con un suspiro resignado.
Y, desde luego, lo sería.
Aunque antes de ese mañana todavía iban a ocurrir más sorpresas inesperadas.
No había hecho ni avanzar dos pasos cuando escuché unos ruiditos que provenían de unos matorrales cercanos.
A cualquier chica medio normal no se le ocurriría acercarse para averiguar qué era aquello que hacía ruido. Noche cerrada, un bosque oscuro y lleno de criaturas invisibles… Pero, para empezar, a nadie medianamente cuerdo se le habría ocurrido adentrarse en un lugar así a altas horas de la madrugada. Como los convencionalismos nunca fueron conmigo y la curiosidad siempre me ha podido, llegué hasta los arbustos y metí la mano entre sus hojas. El ruidito continuaba y supuse que sería algún animal escarbando en la tierra húmeda. Estaba entusiasmada. A saber qué bonito animal iba a encontrarme.
¿He mencionado ya lo imprudente que soy?
Me gustan los animales, ya que tengo una conexión especial con ellos. Menos con los peces: son de lo más tonto. Cuando intento escucharles, sólo oigo un vacío tremendo.
Fue meter la mano entre las hojas y notar un pequeño pinchazo. Cuando intenté sacarla, ya era tarde: algo había asido mi mano con fuerza y no la soltaba. Eché de menos las habilidades defensivas de Lucas.
Y su sonrisa.
Pero no era momento para tonterías.
Entre palabrotas, empecé a dar patadas sin ver realmente a qué diantre estaba atizando. Fuera lo que fuese, uno de mis pies le alcanzó, porque se oyó un chillido espeluznante que dejó el bosque entero en silencio y mi mano quedó libre.
Yo no soy cualquier chica. Tímida sí, a veces. Pero curiosa e imprudente, hasta el infinito. Me llevé la mano herida a la boca y olí y saboreé la sangre. Mis sentidos se afilaron con el olor a hierro y, con más determinación y algo de furia, terminé por apartar las ramas y hojas de los arbustos y crucé al otro lado.
La criatura que hasta hacía un segundo había chillado de dolor no era otra que un zorro. Una cría hembra de zorro. Tan asustada e intrigada como yo. Con unos ojillos ámbar cálidos y brillantes, y una cola larga y preciosa que movía petulante ante mis ojos.
Retrajo sus dientes y nos estudiamos durante una milésima de segundo. Acto seguido, hice una pequeña reverencia con la cabeza. En una ocasión conocí a un ciervo alfa que me enseñó cómo saludar a los mamíferos de los bosques. Y, aunque la raposa todavía era una cría, parecía entrenada para responder de la misma manera. Solo que en su caso, agazapó la mitad superior del cuerpo con elegancia.
Después, volvimos a mirarnos y me disculpé. Jamás habría querido herir a una criatura tan hermosa. Y, menos, a una cría indefensa.
Limpié mi sangre en el pantalón, sucio de hojarasca.
– Perdóname, preciosidad, me has asustado –sonreí–. Aunque te aconsejo que te alejes de este lugar. No creo que vaya a hacerte ningún bien permanecer dentro del Círculo de Oscuridad.
– He sido convocada, humana. Me necesitan aquí.
Era capaz de traducir su lenguaje al mío sin apenas darme cuenta. Suerte que tiene una.
Aunque no siempre es agradable ser capaz de escuchar cada maldito pensamiento de los animales. Había llegado a oír cosas como: “Si caigo en picado desde ese ángulo, seguro que cazo al vuelo la merienda de hoy”; “Oh, dios mío, han destrozado mi madriguera”; “Exactamente, ¿a qué se refería aquel humano cuando me gritó lo de la perrera?”; y un largo y triste etcétera.
– Aún así, insisto. Alerta a los tuyos. Mis sentidos me dicen que nada puro sobrevive en un radio de unos tres kilómetros. Si no es cuestión de vida o muerte, mantente alejada.
– La flor debe ser protegida, humana. Sin importar qué ronde la escuela.
– Primero: deberían importarte, y mucho, las criaturas que guardan la escuela. Siéntelas –susurré–, dan escalofríos. Y, segundo, ¿de qué flor hablas? ¿Arriesgas tu vida por una maldita flor?
– Humana, mi raza no cuestiona vuestras acciones. Sé igual de generosa y respétanos –replicó con un suave gruñido–. La flor no es tarea vuestra. Mi raza se encarga de ella.
– ¿Esa flor oscura que gotea sangre? ¿La que veo en mis sueños y pertenece a Medianoche?
– Permíteme sólo una pregunta: ¿cuántas veces has soñado con ella?
– ¿Importa eso? –empezaba a sentir un poquito de miedo. Si esa flor que me daba pavor realmente existía, no quería rozar uno solo de sus pétalos.
– Por tu bien, no te acerques a ella. Y si comienzas a escucharla –se calló, sopesando la información–, corre. Corre lejos con esos pies de humana. Pero jamás la toques.
– No sería tan tonta como para tocar una flor negra y sangrante que canta, ¿sabes?
– ¿Tampoco serías tan tonta como para adentrarte en este bosque prohibido y enfrentarte a sus sombras?
– Ya… Bueno –me rendí–. Pero tú no eres ninguna amenaza.
– Tal vez no. Quién sabe. No dejes que las apariencias empañen tu instinto, humana –gruñó–. Si vuelves a soñar con esa flor, despierta. Y si la oyes cantar, sal de este lugar.
Desde que había puesto un pie en la Academia Medianoche, mi cuerpo estaba en tensión. Algo ocurría en el claro donde se alzaba la escuela, y algo mágico merodeaba por el bosque. Sentía que un halo de oscuridad envolvía el lugar y que dentro de él, todos los sentidos se agudizaban. Además, la mordedura de aquella cría no era la primera herida que me hacía en la academia, y había descubierto que el sabor de mi sangre dentro de Medianoche era radicalmente distinto al que tenía fuera de las inmediaciones del colegio.
¿Por qué? ¿Cómo? Eso era algo en lo que no me gustaba pararme a pensar.
– Te prometo que no haré caso de lo que me diga ninguna flor. Pero si no es buena para mí, no veo por qué va a serlo para tu raza.
– ¿Alguien ha dicho que lo fuera? Nosotros sólo la preservamos.
– No creo que nadie quiera que la protejas a costa de tu vida –protesté, enfurruñada.
– No debes preocuparte por eso. Sin embargo, agradezco tu preocupación, niña. Si alguna vez te ves en peligro, deja caer una gota de tu sangre en el bosque. Cuidaremos de ti.
Y, antes de que pudiera acosar a la cría de zorro a preguntas o agradecerle su inquietante ofrecimiento, ya había desaparecido. Por lo visto, debía de pertenecer al mismo club de evasión que Lucas Ross.
Dos apariciones en una noche, a cada cual más misteriosa y desconcertante que la anterior; y muchísimas más preguntas agolpándose dentro de mi cabeza, que ya estaba saturada de información.
De momento, mi curiosidad debería tener paciencia. A lo lejos se entreveían los primeros rayos del sol y yo todavía cargaba con una mochila llena de cosas inútiles. Ya era hora de volver, antes de que despertara toda la escuela.
Llegué a mi cuarto dando pasos de ratón. Ni el gato más hábil del mundo me habría oído. Lástima que cuando me acerqué a la cama tiré con la rodilla la lamparita de la mesilla. Pero, gracias a los cielos y a las feísimas gárgolas de Medianoche, mis padres no dejaron de roncar. Lo único que me gané fue un enorme cardenal que en unos días iba a ponerse de un color verde muy feo.
Me desvestí en la oscuridad de mi habitación, me puse un camisón que me llegaba a los pies y me metí entre las sábanas.
De repente, escuché un chirrido. Sonó muy bajito, pero sonó: no lo había imaginado.
– Otra vez no –murmuré con enfado. Dos apariciones inofensivas en una noche habían copado mi ración de buena suerte de ese día.
– ¿Hola? –susurré con voz ronca.
– Hola, Bianca.
El susto que me llevé hizo que se me cortara la respiración. No grité porque una mano pesada y caliente tapó mi boca con rapidez.
Aquella voz suave y seductora pertenecía a mi primer asaltante de la noche.
– Chissst, Bianca, no grites. Soy yo, Lucas.
Confiado, apartó su mano y me dejó libre. Y, sin esperar un segundo, le propiné un puñetazo en todo el estómago.
– ¿Duele? –susurré furiosa –. ¡Te lo mereces, señor Ross! ¿A quién se le ocurre colarse en la habitación de nadie?
Lucas parecía de piedra. Ni se había inmutado con el golpe.
Encendí la lamparita de la mesilla y vi que la ventana estaba abierta.
– ¿Has entrado por ahí? –señalé, alucinada.
Él me miró con una sonrisa de oreja a oreja.
– Ha sido pan comido.
– ¿Se puede saber qué haces aquí?
– Tenía que hablar contigo.
– Vamos a vernos en dos horas, Lucas, ¿no podías esperar?
Me sentía incómoda. No es que él supusiera una amenaza. Estaba bastante segura de poder vencerle en un combate cuerpo a cuerpo. A pesar de eso, estaba intranquila. Si mis padres se asomaban a mi cuarto, iba a llevarme la bronca del siglo.
– Lo siento, no puedo esperar –dijo, y se sentó sobre la cama, a mis pies–. Sé que has tenido una conversación muy interesante ahí fuera.
– ¿Me has estado espiando? –me envaré.
– Sólo velo por tu seguridad. Además, habría sido difícil no escuchar ese chillido. Ha sobrecogido a todo el bosque.
Me puse colorada y eso me delató.
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Por qué la protegen?
– No sé de qué me hablas –me hice la tonta.
La verdad es que no me apetecía nada seguir con la conversación. Era tarde, ya había tenido demasiadas sorpresas por una noche y la mirada intensa de Lucas, tan cerca de mí, hacía que en mi estómago revoloteasen mariposas.
– Bianca, cariño –sonrió–. No juegues conmigo.
– Tú eres quien juega aquí, Lucas –me quejé, moviéndome inquieta–. Todo ha sido muy raro desde que te has lanzado detrás de mí como un loco. ¿Ahora también quieres proteger la flor? ¿Es que eres una especie de caballero andante?
– No tienes ni idea –susurró, cortante y amenazador–. Y no, mi misión no es proteger esa asquerosa flor.
– Mejor. Ya hay otros que se encargan de eso.
– No deberían. Es peligrosa.
– Saben lo que se hacen, créeme.
– Bueno, no tendrán nada que proteger cuando la destruya –se encogió de hombros–. Es una lástima que no tengas más pistas.
Mi corazón se saltó un latido. En ese momento, Lucas me dio miedo. Su sonrisa seguía haciendo brillar sus dientes, pero sus ojos ya no sonreían. Vi la muerte pintada en ellos.
– Duerme ahora, Bianca –me dijo con voz dulce–. Mañana será otro día y los dos tendremos las ideas más claras.
Se levantó de la cama, dio un paso hacia la cabecera y se agachó hasta poner sus ojos a la altura de los míos, que parpadeaban en un tic nervioso. Alzó su mano y la dejó caer sobre mi hombro. Sentí un escalofrío: mitad aterrado, mitad… Anhelante.
– Que tengas dulces sueños –susurró en mi oído con un aliento cálido que me hizo cosquillas.
Al instante siguiente, ya no estaba. De nuevo, Lucas Ross se había desvanecido.
Quedaba poco más de una hora de sueño, pero fui incapaz de dormirme. Amanecí con una cara que daba miedo: con unas ojeras que hundían mis ojos en unas cuencas oscuras y todo el pelo enredado de tanto dar vueltas en la cama.
– Genial –le dije a mi espejo–. Marchando una de zombi.
Sin tiempo para desayunar, me despedí de mis padres; y, con el pelo todavía húmedo de la ducha, bajé a trompicones las centenarias escaleras hasta los pasillos de la escuela.
A punto estuve de bajar el último tramo rodando: Lucas estaba parado a mitad de la escalera. Ni qué decir que tenía bastante mejor pinta que yo.
– Buenos días, Bianca. ¿No has podido dormir? –preguntó con una sonrisa.
Gracias, Lucas: tocada y hundida. Las palabras que toda chica quiere oír del chico más increíblemente guapo que ha conocido en su vida: que está hecha un desastre.
– No imagino por qué –contesté, poniendo los ojos en blanco.
– Si hubieras compartido más información conmigo –dijo en voz baja, acariciándome la mejilla–, no habrías tenido ese problema.
– Ahora voy a tener yo la culpa de lo de anoche –espeté, airada.
– Vamos, amor, no te enfades –sonrió, divertido–. No te sienta bien. Te salen unas arruguitas aquí –dijo tocándome el entrecejo–. ¿Ves?
A punto estuve de darle un manotazo.
Pero no lo hice.
Volví a repetirme: ¿quién era Lucas Ross?
¿Por qué hacía que mi corazón latiera desbocado?
¿Y por qué me inquietaba tanto su mirada acerada?

4 comentarios :

  1. Muchas pero muchas FELICIDADES por el PRIMER LUGAR Alba!

    Ahora me voy a la camita pero mañana leeré tu creación sin falta xD Y veré si me animo con esta autora, tengo el libro hace rato ya pero no lo he leído aún ^^

    Cariños!

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  2. Me ha encantado^^. Felicidades.

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  3. Muchas felicidades hermosa!!tu segundo capítulo me ha encantado, ánimo!!y ya sabes que as vacaciones son para descansar,eehh???muamuamua

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